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Pensamientos IV

20 ene 2014

Al entrar en la cocina pensé que el tiempo no había pasado. Casi me sentí un chiquillo de nuevo. Aquel olor a leña seguía en el ambiente y también la vieja silla con el asiento de mimbre que siempre cojeaba y que estaba apoyada contra la pared. El mismo lugar donde él siempre la colocaba justo antes de apagar las luces para ir a dormir. Las cortinas que mi abuela había cosido aprovechando unas ya viejas sábanas que su madre le había regalado se movían al ritmo del tibio viento otoñal que se colaba por la ventana. Aquellas mismas cortinas detrás de las que yo, tras escabullirme de la siesta, solía esconderme para espiar en silencio a Marta incordiando a las gallinas. En la pared del fondo, junto a la chimenea, las huellas del tiempo delataban una ausencia. Una fotografía de Ángel, el hermano mayor de mi padre que había muerto en la guerra pocos meses antes de que yo naciera y al que, solían decirme, tanto me parecía.
Al posar mi mano sobre la gran mesa de madera, basta, rugosa, con todos sus años atrapados en sus vetas, pude percibir rescoldos de todas las reuniones, cumpleaños, aniversarios y nacimientos que allí habíamos celebrado como lo que siempre habíamos sido: una gran familia. Pero sobre todo recordé los que siempre serían mis momentos preferidos de las vacaciones: las mañanas a solas con mi abuelo. Ésas que empezaban cuando el sol estaba despuntando y bañaba la habitación de una luz tan hermosa como nunca la he vuelto a ver. En esos momentos todos mis problemas se esfumaban: la vuelta al colegio tras el verano, las judías verdes que mi madre me obligaba a comer, que Raúl me ganara a las canicas en el recreo… Todo aquello pasaba a un segundo plano porque allí estábamos mi abuelo y yo, el resto de la casa aún durmiendo, preparando la leña para el fuego y saliendo a recoger los huevos que las gallinas habían puesto. Hablando sin descanso y escuchándole absorto contar sus historias.
Un largo rato después todos los demás se levantarían y la casa entera se llenaría de sonidos y de olores: el olor de las hierbas que mi abuela pondría a secar y que usaría para cocinar las siguientes semanas, el olor del pan tostándose y el de las verduras recién recolectadas que servirían como comida para el resto del día. Y entonces mi abuelo encendería la radio y sacaría a bailar a mi madre mientras ella intenta escabullirse roja de la vergüenza detrás de mi padre, quien la rodearía con sus brazos y le daría un beso en los labios al mismo tiempo que me guiñaría un ojo.
Sonriendo, seguí recorriendo la habitación con la mirada. Allí continuaba la vieja alacena donde mi abuela guardaba toda su vajilla de la que tan orgullosa se sentía. Todos esos platos y fuentes de blanca porcelana con los bordes mojados en oro bien a salvo tras las ásperas telas de gallinero que cubrían las puertas. Dirigiendo mis pasos hacia ella sobre la madera crujiente, abrí el pequeño cajón conteniendo sin querer la respiración. Dentro, algunos manteles y paños bordados seguían en su sitio habitual y debajo de ellos, una pequeña y ya oxidada lata reposaba al fondo del cajón. La saqué cuidadosamente y la abrí despacio: recortes de periódico que todavía recordaba de memoria, algunas canicas, soldaditos y una amarillenta foto de mi abuelo sosteniéndome sobre sus hombros cuando yo todavía era un mocoso que no se mantenía en pie. El objeto más precioso de toda la casa y que a partir de ese momento estaría enterrado junto a mi abuelo, pero más presente que nunca en mi corazón.

Azure Ray – Displaced

Privado...

9 jun 2012


Con el primer bostezo su boca dibujó una redondeada forma justo antes de esconderse de nuevo entre el blanco lienzo que abrigaba su cuerpo. Un orgánico brazo salpicado de mínimas gotas color café emborronó su cara en un intento de seguir creando sueños y en la almohada, manchas de carboncillo recordaban los restos de maquillaje de la noche anterior.

Lentamente se fueron bocetando unos ojos de un intenso color cyan donde hasta ahora sólo había sutiles pinceladas desdibujadas.

Finalmente, estirando sus apergaminados músculos, compuso sus movimientos para levantarse de la cama.

Texto: The Sad-Eyed Girl

Juliette

4 may 2011

Le miraba por encima de los cristales de sus gafas de ver con los ojos empapados en deseo. Le resultaba difícil disimularlo aunque para ser totalmente sinceros, ni siquiera lo estaba intentando. Sencillamente no podía, ni quería, reprimir las ganas que tenía de besarle, de morderle los labios y él que intentaba no hacer caso de aquellas llamadas, a duras penas podía continuar con la lectura de su libro. Kafka podía perder todo el interés si lo enfrentaban a una sola de las miradas de Juliette.
-Entonces, ¿dices que te gustó la película?
-Sí, bueno, ya sabes, es una de esas historias que te toca por dentro. De esas que llegan y sin pedir permiso te dejan en la puerta un trocito para que puedas pensar en ella más tarde, cuando ella ya se haya ido.
-¿Cómo tú sueles hacer conmigo?
Leo calló avergonzado. Más porque no quería despertar ese tipo de sentimientos en ella que por pudor.
Ella, adivinando lo que él estaba pensando, desvió la mirada hacia la ventana y hacia el exterior e intentando recomponerse por dentro susurró:
-Parece que la primavera se acerca.

No me apetece hablar de ello!

7 feb 2011

Foto: Flickr
Texto: The Sad-Eyed Girl

Las migas de pan descansaban sobre el mantel de la mesa de la cocina. Siempre lo ponía todo perdido cuando comía; pero cuando comía mientras pensaba en algo importante era mucho peor. En esos momentos devoraba más que comía, como si le fuesen a quitar el plato en cualquier momento. A su lado Hugo la observaba en silencio, de reojo, sin atreverse a preguntar qué era eso tan grave en lo que estaba pensando para que comiese de aquella forma. Martina, casi adivinando lo que pasaba por su cabeza dijo en voz alta y con la boca muy llena:
-No me apetece hablar de ello!
Mientras lo decía, cientos de miguitas minúsculas salieron disparadas de su boca. Como única respuesta, Hugo le rozó la mano con sus dedos en un gesto cariñoso y se levantó llevando su plato del desayuno al fregadero. Después posó un beso en lo más alto de su cabeza y salió de la cocina hacia su cuarto.
-¿Sigues dormida? -Preguntó golpeando la puerta de su habitación antes de desaparecer tras ella.


De cómo aguantarse los besos

20 dic 2010

Foto: ??
Texto: The Sad-Eyed Girl

Se paseaba por el borde de la piscina con los brazos en cruz haciendo equilibrios para no caerse. Un pie primero, el otro justo después. Sus zapatos de tacón se lo estaban poniendo difícil y ahora se preguntaba por qué no había pasado por casa al salir de sus clases para cambiarse de ropa. En ese momento, su calzado se veía de lo más inapropiado para aquel lugar. En cualquier caso, ir al descampado de la piscina abandonada no había sido idea suya, pero cuando Hugo se lo había propuesto no había tardado ni un segundo en decir que sí con la cabeza. Él la observaba tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en las palmas de sus manos y balanceando un pie dentro de aquel espacio que en algún tiempo mejor debió de estar lleno de vidas y de agua.
-Entonces, ¿tú qué opinas? -le preguntó mientras seguía sus movimientos con atención.
-Lo cierto es que no lo sé, no sé qué decir -dijo esquivando la escalerilla y deteniéndose con un saltito frente a él-. Tal y como yo lo veo no debería darte miedo decírselo, sabes bien que a ella le gustas, ¿no? -lo dijo muy seria, intentando no morderse la lengua y demostrar de ese modo que le molestaba que él le hablase de otra, de otra que no fuese ella misma. Intentaba comportarse como siempre lo hacía con él, nunca dejando entrever lo que realmente sentía. Las ganas que tenía de acercarse a él y besarle; besarle con los labios y con la lengua y con los ojos; con sus ojos tristes.
Y él mientras tanto seguiría hablándole de otras; de otras que no eran ella, sólo para no admitir jamás que era Martina la única que le importaba. Porque no habría sido capaz de decírselo mirándola a los ojos sin soltar una risita nerviosa llena de años de cobardía y de besos contenidos y de caricias inventadas.

Moonlamp

12 nov 2010


Se subió la cremallera hasta arriba de modo que pudiera cubrirse el cuello. El frío había aparecido por sorpresa y sin avisar. En realidad no sabía por qué eso suponía una novedad, todos los años desde que se había mudado a aquella titánica ciudad había ocurrido lo mismo. Dio un último sorbo a su taza humeante de té e intentando retener el calor entre sus manos salió a la calle. Las luces navideñas empezaban a encenderse. 

-Cada año más temprano -dijo sólo para sí mismo.

La luna, hinchada y blanca como cubierta por polvos de talco le observaba desde su posición privilegiada. Desde que era un niño había sucedido de ese modo y siempre que él le devolvía la mirada se sentía protegido. Las noches que permanecía oculta por las nubes sentía un desasosiego interior difícil de controlar. Pero esa noche no, esa noche ella brillaba para él, se dejaba ver en una especie de guiño que sólo ellos dos podían entender. Como cada noche de luna llena se acercó hasta la orilla del río para poder observar su reflejo tembloroso. Aquel día no fue diferente, llegó hasta la barandilla del puente con las manos todavía en los bolsillos y en un gesto confiado apoyó el peso de su cuerpo sobre el frío acero. Era reconfortante mirarla desde ese lugar, sin en el estorbo de los numeroso edificios que se agolpaban a ese lado de la ciudad. Permaneció durante varios minutos en la misma posición, hasta que empezó a sentir el frío de la noche en sus pies. Se despidió de ella sin palabras, con ella no hacían falta, y sintiendo su espíritu calmado inició despacio el camino de vuelta a casa.



Diseño de lámpara: Oneiricoestudio
Texto: The Sad-Eyed Girl

Freckles

20 oct 2010


A Dani le volvían loco las pecas de su espalda. Le gustaba acariciarlas con la punta de los dedos mientras imaginaba que alguien las había colocado allí agitando un pincel bañado en café con leche...

Foto: Flickr via Party Tights
Texto: The Sad-Eyed Girl

Sex+Chocolate

22 sept 2010



Texto: The Sad-Eyed Girl


Alcanzó de puntillas una taza del armario, se hizo con una cuchara sopera, como le gustaban a ella, y vació una montaña nevada de azúcar dentro. Después puso todo el yogur en la taza y revolvió con ahínco. Era una costumbre recién adquirida, pero una de esas costumbres que cuando empiezas a repetir sabes que te han pertenecido desde el principio. Se sentó en la butaca con las rodillas desnudas cerca de la cara y apoyó la taza en ellas. Al fondo de la habitación, la televisión estaba encendida, sin que nadie le prestara atención. En el suelo, de madera gastada y envejecida por los años, estaba su gato, mirándola desde sus ojos azules como queriéndole decir algo. 
Mientras en el exterior, el aire empezaba a oler a frío. A esas alturas del año los días se iban acortando y en ese preciso momento el sol comenzaba a esconderse, enrojecido de vergüenza. María se levantó, cerró la ventana con aire distraído y volvió a la butaca...  y a su taza de yogur. 

-Lo haré -dijo de pronto dirigiendo la mirada al felino sin cambiar mínimamente de postura.
-Me oyes bien? Lo haré, tengo que hacerlo. Necesito hacerlo.
.......... (Breve silencio).
- Miau -alcanzó a decir el gato mientras se frotaba contra los bajos del sofá. 
Después, se acercó hasta la taza que ahora reposaba en el suelo y comenzó a lamer los restos de yogur.

Pensamientos III

5 ago 2010



Me siento pluma, 
me dejo mecer por el viento, cálido y familiar,
que me coge de la mano y me dice
que no necesito nada más que a mí misma,
que todo está dentro de mí
y que sólo necesito desnudarme y mostrarlo,
sin añadidos que se agarran a mis tobillos
y me impiden caminar… y crecer...
llegar hasta donde, sólo yo, decida.
Y no mis sombras, mis otros yo;
esos que se hacen pasar por mí
pero que no son mi esencia.
A los que siempre he permitido 
dormir recostados a mi lado.

Texto: The Sad-Eyed Girl
Foto: ??

Pensamientos II

5 abr 2010

Construiré un fuerte con los restos de nuestra historia y me quedaré a vivir en tu jardín.

Foto: Lissy Elle via Oh, Hello Friend
Texto: The Sad-Eyed Girl

Pensamientos I

30 mar 2010

Y el viento silbaba y silbaba, jugaba a meterse entre mis piernas y me levantaba las faldas...
En qué momento te has marchado que ya no puedo sentirte??

Foto: Lotte Scott via Booooooom
Texto: The Sad-Eyed Girl

¿Te vienes?

5 mar 2010

Te propongo un plan: subamos a un tren. No sé muy bien con qué dirección. Eso ni siquiera importa. Escucharemos música. Y veremos el paisaje desde nuestra ventanilla. Jugaremos a las cartas también. Y hablaremos y reiremos, como siempre.



No importa si el viaje es largo. ¿Alguien va a echarnos de menos? Además, cuando lleguemos, siempre podemos iniciar el viaje de regreso.



¿Qué me dices? En realidad si dices que no, no pasa nada. Mañana seguiré preparándote tu café como siempre...


Fotos: 1 y 2. Sarah Hermans 3 y 4. Lina Scheynius
Texto: The Sad-Eyed Girl
 
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